LA MANZANA DE LA DISCORDIA Y LA GUERRA DE TROYA




Cuenta la leyenda, que cuando Peleo y Tetis se casaron, enviaron invitaciones de la fiesta para todos los dioses, pero como no querían tener problemas en un día tan especial, decidieron que lo mejor sería no invitar a Eris, la Diosa de la Discordia.

Eris se enojó tanto que se apareció en el banquete de bodas de todos modos. Furiosa se dirigió a la mesa donde se encontraban las diosas más hermosas:

Hera, Atenea y Afrodita y arrojó ua enorme manzana con una inscripción tallada que decía: "Para la más Hermosa".

Hera dijo: Debe ser para mí. Pero al instante, Atenea y Afrodita también reclamaron la manzana y pusieron a Zeus como árbitro.

Zeus, no quería tomar parte por ninguna de las diosas ya que sabía que por lo menos dos de ellas terminarían haciendo reclamos por su intervención o lo que es peor, enemistadas con él y decidió quitarse el problema de encima.

No se le ocurrió nada mejor que enviar a las tres diosas ante el joven y hermoso Paris (príncipe de Troya) para que decidiera él...

Cada una de las tres diosas fueron desfilando ante él cubriéndolo de promesas.



  • Prometo darte poder y riquezas si me eliges- Dijo Hera.

  • Atenea le prometió: -Si dices que yo soy la más bella, te otorgaré gloria en las guerras y fama por doquier.

  • Pero, la sensual Afrodita, que era muy astuta, le ofreció el amor de la mujer que él considerase para sí, como la más bella de todo el mundo, con la que se podría casar y esto fue lo que le convenció definitivamente.
Afrodita obtuvo la manzana de oro y desde ese momento fue la más bella de todas las diosas, pero también de ahí en adelante Hera y Atenea se convertirían en sus peores enemigas....

Afrodita , fiel a su promesa ayudó a Paris a conseguir el amor de Helena (Helena de Esparta, ya que estaba casada con dicho Rey), aunque todos la conoceríamos como Helena de Troya, ya que abandonó al Rey de Esparta para convertirse en esposa del príncipe Paris y ese sería el motivo por el que comenzó la famosa guerra de Troya...

 


ADONIS Y EL ORIGEN DE LAS ROSAS ROJAS




Afrodita era amante de Adonis y tomó parte en su nacimiento. Cíniras, el rey de Chipre, tenía una bellísima hija llamada Mirra. Cuando la madre de ésta cometió hibris contra Afrodita al afirmar que su hija era más bella que la afamada diosa, Mirra fue castigada con una incesante lujuria hacia su propio padre. Cíniras rechazó esto, pero Mirra se disfrazó de prostituta y durmió secretamente con su padre. Finalmente, Mirra quedó embarazada y fue descubierta por Cíniras. Enfurecido, persiguió a su hija con un cuchillo. Mirra huyó de él, pidiendo misericordia a los dioses. Éstos oyeron su plegaria y la transformaron en un árbol de mirra para que su padre no pudiese matarla. Finalmente, Cíniras se suicidó en un intento por restablecer el honor de familia.






Mirra dio a luz a un bebé llamado Adonis. Afrodita pasaba junto al árbol de mirra cuando vio al bebé y se apiadó de él. Puso a Adonis en una caja y lo llevó al inframundo para que Perséfone cuidase de él. Adonis creció hasta ser un joven increíblemente hermoso.

Afrodita volvió finalmente por él. Sin embargo, Perséfone detestaba darlo por perdido y quería que Adonis permaneciera con ella en el inframundo. Las dos diosas se involucraron en tal disputa que obligó a Zeus a interceder. Éste decretó que Adonis pasase un tercio del año con Afrodita, otro tercio con Perséfone y otro con quien desease. Adonis, por supuesto eligió a Afrodita.

Adonis empieza su año en la tierra con Afrodita.Una de sus mayores pasiones es la caza, y aunque Afrodita no es naturalmente una cazadora, participa para poder estar con Adonis.

Pasan cada hora que están despiertos juntos, y Afrodita queda extasiada con él. Sin embargo, su ansiedad empieza a crecer por sus deberes abandonados, y se ve obligada a dejarlo por un corto tiempo. Antes de marcharse, le da un consejo a Adonis: no atacar a un animal que no demuestre miedo. Adonis acepta el consejo, pero secretamente duda de las habilidades de Afrodita como cazadora, olvidando rápidamente el consejo.




No mucho después de que Afrodita se marche Adonis se encuentra con un enorme jabalí, mucho mayor que todos los que había visto. Se dice que el jabalí era el dios ARES, uno de los amantes de Afrodita que estaba celoso de su continua adoración a Adonis.

Adonis hace caso omiso del aviso de Afrodita y persigue a la criatura gigante, pero pronto es Adonis el perseguido, no siendo rival para el jabalí.

En el ataque, Adonis es mal herido por éste y sus heridas son tan graves que muere desangrado...


Afrodita corrió apresurádamente a su lado, pero llegó demasiado tarde para salvarlo...



Sólo puede llorar sobre su cuerpo, en el lugar donde murió, ella grita y muestra su cuerpo ensangrentado tendido entre las rosas, al final Afrodita se desmaya.

la sangre de Adonis y las lágrimas de Afrodita convirtieron en rojas las rosas blancas alrededor de ellos y así nacieron por primera vez las rosas rojas, que ya nunca perderían ese color.

Y desde entonces y hasta nuestros días las rosas rojas han sido símbolo de amor entre enamorados y son el recuerdo del gran amor que se tu vieron Afrodita y su Adonis. 


ORFEO Y SU TRISTE FINAL

Un día ,el dios supremo del Olimpo, Zeus dijo:

-Mi hijo Dionisio (Baco) merece ser nombrado dios por haber inventado un manjar tan especial como es el vino y lo elevó al rango de dios.

Orfeo se negó a adorarlo como dios diciendo:

- Dionisio no puede ser dios. Es un mal ejemplo para los mortales ya que está borracho la mayor parte del día. Me niego a ofrecerle sacrificios a un borracho.




Cuando Dionisio escuchó el comentario se enojó tanto que envió a un grupo de Ménades a perseguirlo para que le dieran caza y lo mataran. 

Éstas ménades eran mujeres que estaban extasiadas de una locura mística que les infundía el Dios Baco y que en ese trance eran capaces de hacer cualquier cosa que les pidiera.



Cuando las Ménades lo encontraron, Orfeo estaba plácidamente dormido junto a su lira, si hubiera estado despierto tocando su lira ellas habrían quedado encantadas por su música y no habría sufrido daño, pero tanto huir lo había dejado agotado...




Entonces, las Ménades, le cortaron la cabeza y la arrojaron a un río cercano. Luego cortaron el resto del cuerpo en pedacitos.


Las Musas encontraron los trozos de Orfeo y apenadas por la triste desaparición del músico, los enterraron a los pies del monte Olimpo, donde los ruiseñores entonaron de allí en más dulcísimos cantos.

La cabeza de Orfeo floto río abajo hasta llegar al mar, donde un barco de pescadores la atrapó en sus redes y le dieron sepultura.

Zeus permitió que se pusiera la lira de Orfeo en el cielo, formando la constelación llamada ¨ La Lira¨



LA HISTORIA DE ECO Y NARCISO


Eco era una ninfa que habitaba en el bosque junto a otras ninfas amigas y le gustaba cazar por lo cual, era una de las favoritas de la diosa Artemisa.

Pero Eco tenía un grave defecto: Era muy conversadora y además en cualquier conversación o discusión, siempre quería tener la última palabra.

Cierto día, la diosa Hera salió en busca de su marido Zeus, al que le gustaba divertirse entre las ninfas. Cuando Hera llegó al bosque de las ninfas, Eco la entretuvo con su conversación mientras las ninfas huían del lugar.

Cuando Hera descubrió su trampa la condenó diciendo:- Por haberme engañado y a partir de este momento, pederás el uso de la lengua. Y ya que te gusta tanto tener la última palabra solo podrás responder con la última palabra que escuches ¡Jamás podrás volver a hablar en primer lugar!

Eco, con su maldición a cuestas se dedicó a la cacería recorriendo montes y bosques. Un día vio a un hermoso joven llamado Narciso y se enamoró perdidamente de él. Deseó fervientemente poder conversar con él, pero tenía la palabra vedada. Entonces comenzó a perseguirlo esperando que Narciso le hablara en algún momento.

En cierto momento, en que Narciso estaba solo en el bosque y escuchó un crujir de ramas a sus espaldas y gritó:


¿Hay alguien aquí?

Eco respondió: -Aquí.

Como Narciso no vio a nadie volvió a gritar: -Ven

Y Eco contestó: -Ven

Como nadie se acercaba, Narciso dijo:- ¿Por qué huyes de mí? Unámonos

La ninfa, loca de amor se lanzó entre sus brazos diciendo:- Unámonos

Narciso dio un salto hacia atrás diciendo:- Aléjate de mi! Prefiero morirme a pertenecerte!

Eco respondió: -Pertenecerte.

Ante el fuerte rechazo de Narciso, Eco sintió una vergüenza tan grande que llorando se recluyó en las cavernas y en los picos de las montañas. La tristeza consumió su cuerpo hasta pulverizarlo. Solo quedó su voz para responder con la última palabra a cualquiera que le hable y por eso desde entonces cuando hablamos en cavernas y montañas escuchamos como ECO nos responde siempre, pero sólo a nuestra última palabra.......

Narciso no solo rechazó a Eco, sino que su crueldad se manifestó también entre otras ninfas que se enamoraron de él. Una de esas ninfas, que había intentado ganar su amor sin lograrlo le suplicó a la diosa Hera que Narciso sintiera algún día lo que era amar sin ser correspondido y la diosa respondió favorablemente a su súplica.

Escondida en el bosque, había una fuente de agua cristalina. Tan clara y mansa era la fuente que parecía un espejo. Un día Narciso se acercó a beber y al ver su propia imagen reflejada pensó que era un espíritu del agua que habitaba en ese lugar. Quedó extasiado al ver ese rostro perfecto. Los rubios cabellos ondulados, el azul profundo de sus ojos y se enamoró perdidamente de esa imagen.





Deseó alejarse, pero la atracción que ejercía sobre él era tan fuerte que no lograba separase, sino que por el contrario deseó besar y abrazar con todas sus fuerzas esa imagen que veía. Se había enamorado de si mismo.



Desesperado, Narciso comenzó a hablarle:- ¿Por qué huyes de mí, hermoso espíritu de las aguas? Si sonrío, sonríes. Si estiro mis brazos hacia ti, tú también los estiras. No comprendo.

Todas las ninfas me aman, pero no quieres acercarte.- Mientras hablaba una lágrima cayó de sus ojos. La imagen reflejada se nubló y Narciso suplicó: -Te ruego que te quedes junto a mí. Ya que me resulta imposible tocarte, deja que te contemple.




Narciso continuó prendado de si mismo, ni comía, ni bebía por no apartarse de la imagen que lo enamoraba hasta que terminó consumiéndose y murió.


Las ninfas quisieron darle sepultura, pero no encontraron el cuerpo en ninguna parte. En su lugar apareció una flor hermosa de hojas blancas que para conservar su recuerdo lleva el nombre de Narciso.

EL RAPTO DE PERSÉFONE Y EL ORIGEN DE LAS ESTACIONES






La diosa Deméter tenía una hermosa hija llamada Perséfone. La joven tenía grandes ojos verdes y una cabellera de bucles dorados. Vivía con su madre en un departamento del palacio en el monte Olimpo y de vez en cuando bajaba a los prados a recoger flores que tan bellas su madre hacía crecer.

Un día, el dios de los muertos, Hades, que vivía en el centro de la tierra, rodeado de tinieblas, se enamoró profundamente de Perséfone.

Como Hades era muy astuto no se animó a acercarse sin antes pedir permiso a Zeus, el más importante de todos los dioses del Olimpo. Zeus, no le contestó ni si ni no, pero le guiñó un ojo. Entonces Hades, trazó un plan para cumplir su deseo.

Un día en el que Perséfone salió a recoger flores, se alejó distraída del grupo de gente que la acompañaba para recoger un precioso narciso.



En ese momento la tierra se abrió y de allí surgió el dios de los muertos envuelto en fuego y humo negro. La secuestró y la llevó con él sin dejar ningún rastro. 






Las amigas no habían visto como Perséfone se había esfumado sin dejar rastro alguno. Así que nada pudieron decirle a Deméter, la madre, que sufrió por la desaparición de su hija.

Deméter, desesperada comenzó a buscarla. Se disfrazó de anciana y comenzó a recorrer toda Grecia buscando alguna pista sobre su hija. Durante nueve días ni comió ni bebió.

Cuando los reyes de Eleusis la vieron, le ofrecieron quedarse con ellos en el palacio para cuidar de sus hijos.




Un buen día, el hijo mayor de los reyes le dijo:



-Diosa Demeter, tengo malas noticias: un pastor me contó que vio a un personaje siniestro que envuelto en llamas y humo negro, se llevó a una joven que gritaba muerta de miedo. La tierra se abrió y se los tragó a los dos, desapareciendo ambos en sus entrañas y he pensado que podía tratarse de tu hija Perséfone.



Demeter, reconoció a Hades por la descripción del pastor, pensó que Zeus tenía algo que ver en este asunto y decidió vengarse.



Como Demeter era la diosa de la agricultura, recorrió Grecia prohibiendo a los árboles dar fruto, a los pastos crecer y a las semillas germinar. Al poco tiempo el ganado no tenía como alimentarse y comenzó a morir. Si esto continuaba, los hombres pronto morirían también por falta de alimento.

Zeus se asustó y trató de convencerla enviándole riquísimos regalos,joyas y oro, pero Demeter no los aceptó.-No quiero tus regalos. Solo quiero a mi hija Perséfone de vuelta en mi casa.

Zeus, viendo que era imposible convencer a Demeter, llamó a Hermes y lo envió al Tátaro para darle un mensaje al dios Hades.

- Por favor, devuelve a Perséfone o todos estaremos perdidos ya que los humanos están en serio peligro debido a la falta de alimento.

Hades le respondió:

-Sólo puedo enviar a Perséfone de vuelta a su casa, mientras no haya probado el alimento de los muertos.

Perséfone estaba tan triste que se había negado a probar bocado desde el día de su secuestro.

Entonces Hades le dijo:

- Hermosa Perséfone, parece que no eres feliz a mi lado. No has probado bocado desde el día en que llegaste. Cada día estás más delgada y si sigues así pronto morirás. Mejor que vuelvas a tu casa. 
Pero un jardinero que escuchó la conversación dijo:

-¿Cómo que no ha probado bocado? Yo la vi comer granadas de tu huerto esta mañana.

Hades se sonrió satisfecho. La subió a un carruaje y la llevó junto a su madre, que apenas la vio se abrazó a ella llorando de felicidad.

Pero Hades le dijo:

-Diosa Demeter, tu hija Perséfone ha comido siete granadas de mi huerto, por lo tanto debe regresar al Tártaro conmigo.

Deméter, furiosa respondió:

-Si eso ocurre, jamás levantaré la maldición que pesa sobre la tierra. Todos los hombres y los animales morirán.

Zeus, espantado por la respuesta de Demeter, envió a su esposa Hera a a negociar con los dioses.

Finalmente Demeter aceptó que el príncipe de las tinieblas se case con Perséfone.

Su hija debía pasar siete meses al año con Hades, un mes por cada granada que comió y cinco meses junto a Deméter, su madre.

Por esa razón la tierra florece y fructifica en primavera y verano, porque es cuando Perséfone visita a su madre y ésta rebosa de alegría...

Sin embargo cuando tiene que volver con Hades de nuevo, Deméter entristece y con la diosa también entristece la tierra, haciendo que llegue el otoño y el frío invierno...

ALCÍONE Y CEICE

Alcíone era hija de Éolo, guardián de los vientos, y Egialea.
 
 
Se casó con Ceice de Traquis, hijo del Lucero del Alba, y fueron tan felices con su mutua compañía que ella se atrevió a llamarse a sí misma Hera y a su esposo, Zeus.
 

Esto, como es natural, molestó a los olímpicos Zeus y Hera, quienes desencadenaron una tormenta sobre el barco en el que viajaba Ceice para consultar con un oráculo y terminó ahogándose en el mar...

 
Alcíone supo de la muerte de su marido por el Dios de los Sueño, Morfeo, quién a través de un sueño le mostró lo acontecido...



Su ánima se apareció a Alcione, quien, muy contra su voluntad, se había quedado en Traquis y en consecuencia, enloquecida por la pena, se arrojó al mar. Algún dios compasivo los transformó a ambos en martín pescadores.

APOLO Y DAFNE




Apolo, dios del sol y la volodia, fue maldecido por el joven Eros después de que se burlase de este por jugar con un arco y flechas.

Dime, joven afeminado: ¿qué pretendes hacer con esa arma más propia de mis manos que de las tuyas? Yo sé lanzar las flechas certeras contra las bestias feroces y los feroces enemigos. [...] Conténtate con avivar con tus candelas un juego que yo conozco y no pretendas parangonar tus victorias con las mías.







El irascible Eros tomó dos flechas, una de oro y otra de hierro. La de oro incitaba el amor, la de hierro incitaba el odio. Con la flecha de hierro disparó a la ninfa Dafne y con la de oro disparó a Apolo en el corazón. Apolo se inflamó de pasión por Dafne y en cambio ella lo aborreció. En el pasado Dafne había rechazado a muchos amantes potenciales y a cambio había demostrado preferencia por la caza y por explorar los bosques. Su padre, Peneo, le pidió que contrajera matrimonio para que así le diese nietos. Sin embargo, rogó a su padre que la dejase soltera, como la hermana gemela de Apolo, Artemisa. A pesar de esto, Peneo le advirtió que era demasiado hermosa como para mantener por siempre lejos a todos sus pretendientes.



Apolo continuamente la persiguió, rogándole que se quedara con él, pero la ninfa siguió huyendo hasta que los dioses intervinieron y ayudaron a que Apolo la alcanzara. En vista de que Apolo la atraparía, Dafne invocó a su padre. De repente, su piel se convirtió en corteza de árbol, su cabello en hojas y sus brazos en ramas. Dejó de correr ya que sus pies se enraizaron en la tierra. Apolo abrazó las ramas, pero incluso éstas se redujeron y contrajeron. Como ya no la podía tomar como esposa, le prometió que la amaría eternamente como su árbol y que sus ramas coronarían las cabezas de los héroes. (El árbol del laurel) Apolo empleó sus poderes de eterna juventud e inmortalidad para que siempre estuviera verde
 
 

AFRODITA Y ARES - EL NACIMIENTO DE CUPIDO


Las mujeres que osaban rechazar su amor terminaban siendo violadas brutalmente. Porque él perseguía ninfas con la misma furia devastadora que empleaba en la batalla. Partía para la conquista amorosa como si marchase a una campaña militar: confiando en su fuerza.

Con Afrodita fue diferente. Para obtener su amor, Ares abandonó las actitudes brutales. Se aproximó ofreciéndole su cuerpo perfecto, como un desafío a la capacidad amorosa de la bella diosa. Le dijo palabras de afecto. La colmó de ricos presentes. La amistad entre ambos fue aumentando cada día, hasta que se dieron cuenta de que estaban enamorados. Hicieron planes y elaboraron ideas para unirse en el amor.

Mientras Hefesto, el deforme marido de Afrodita, trabajaba la noche entera en la forja. Ares visitaba clandestinamente a la sensual amante.

Se sentían felices. Solamente una cosa podía estropear la aventura: Apolo, el Sol, una divinidad a la que no le gustaban los secretos.

Ares trató de tomar todas las precauciones posibles para no ser descubierto por el Sol. Cada vez que iba al encuentro de la amada, llevaba al joven Alectrión, su confidente, mientras se deleitaba en los brazos de Afrodita, el amigo vigilaba la puerta del palacio con la misión de advertirle el momento que comenzaba a aparecer el Sol.

Una noche el fiel guardián, exhausto y aburrido, se adormeció. Ares y Afrodita se amaban, mientras tanto, intensamente, olvidados de las preocupaciones.

El día amaneció claro y hermoso. El Sol despunto y sorprendió a los amantes, que dormían abrazados.


Indignado por la traición a Hefesto, Apolo salió en busca del deforme herrero y le contó lo que había visto.

Hefesto dejo caer el hierro que forjaba. Sintió que las fuerzas le faltaban. Agradeció al Sol la verdad. Estaba avergonzado y humillado por el acontecimiento.

Y pensó que la fea acción no podía quedar sin venganza. Después de mucho reflexionar, el armero divino tuvo una idea y se puso a trabajar. Con finísimos hilos de oro confeccionó una red invisible, pero tan fuerte y resistente que ningún hombre (ni ningún dios) pudiera romperla.


Cuando termino su obra fue al encuentro de su esposa. Ocultando su odio y su tristeza.
Armó disimuladamente la red en el lecho manchado por la deshonra y dijo a Afrodita que debía ausentarse por algunos días. Sin más explicaciones, se despidió y partió.

Ares, que lo espiaba todo, apenas vio alejarse a Hefesto corrió a la casa de su amante. Sin contener su deseo, apenas vio a Afrodita le dijo: “Ven querida, al lecho: gran placer es el amor. Hefesto está de viaje, según creo, camino a Lemnos”.

Se acostaron felices y no se dieron cuenta de que estaban aprisionados por la ingeniosa red construida por el esposo traicionado.

En ese instante, Hefesto, que había fingido alejarse, retorna y sorprende a los amantes, presos en la trama de oro.


Nunca sintió tanta vergüenza y tan intenso odio. Parado en el umbral de la puerta, llama la atención de los otros olímpicos: “Zeus padre y todos los restantes dioses bienaventurados e inmortales, venid aquí a presenciar una escena ridícula y monstruosa:

Por ser yo cojo, Afrodita, hija de Zeus, me cubre continuamente de deshonra.

Ama a Ares, el destructor, porque es hermoso tiene las piernas derechas, mientras que yo soy defectuoso de nacimiento. 

Pero la culpa no es mía, sino de mis padres, que habrían hecho mejor si no me hubieran engendrado. 

Venid a ver este lamentable espectáculo, y como se fueron a dormir, en brazos uno del otro, en mi propio lecho. Pero por mucho que se amen, no creo que deseen quedar así acostados. 

Pronto querrán levantarse, pero mi trampa, mi red, los retendrá cautivos, hasta que el padre de ella devuelva todos los presentes que le di por su imprudente hija. Hermosa es, pero no tiene decencia porque no domina sus raptos pasionales”.

De no mediar Apolo, tal vez nunca habrían sido libertados los amantes. Hefesto acabó aceptando las palabras conciliadoras del dios y los soltó.


Ares se quedó en el Olimpo, para tratar de olvidar la ridícula situación sufrida, esperando los albores de una nueva guerra...

Afrodita, avergonzada, se retiró a Chipre, su isla predilecta... 

Ares resentido, castigó a su amigo Alectrión, que por olvidar su deber provocara la situación:


Lo transformó en gallo (en griego, Alektryón: gallo), condenándolo a advertir para siempre a los hombres de la salida del Sol.

Y fruto del gran amor del dios Ares y de la diosa Afrodita nació el dios del Amor Cupido, que con sus flechas no distingue entre dioses y hombres y todos cada uno de ellos son presa de su gran poder… 






PERSEO Y MEDUSA

 Acrisio, rey de Argos, tras ser advertido por un oráculo de que un nieto suyo le arrebataría el trono y la vida, encerró a Perseo, hijo de Zeus, y a su madre Dánae, en un arca que arrojó al mar.



Zeus veló por ella en medio de las tempestades y, flotando, el arca fue a tomar tierra en la isla de Sérifos, en la  que había dos hermanos: Dictis y Polidectes. Dictis estaba pescando cuando vio llegar la flotante arca, y la sacó a tierra. Los dos hermanos acogieron con afecto a los náufragos; Polidectes hizo de la madre su esposa y educó esmeradamente a Perseo, hijo de Zeus.


Cuando el niño hubo crecido, su padrastro le apremió a irse en busca de aventuras y realizar alguna gesta memorable. El animoso joven se declaró dispuesto, y entre los dos convinieron que Perseo cortaría la horrible cabeza de Medusa y la traería al rey de Sérifos.

El mozo se puso en camino y, guiado por los dioses, llegó a la remota región habitada por Forcis, padre de numerosos y horrible monstruos. 
Allí se topó primero con tres de sus hijas, las Grayas, o «viejas», cuyos cabellos eran canosos ya desde su nacimiento; entre las tres no tenían sino un ojo y un diente que se prestaban por turno para usarlos. Perseo les quitó ambas cosas, y al rogarle ellas que les restituyese lo que tan imprescindible les era, el joven se avino a ello con una condición: que le mostrasen el camino que conducía a la morada de las ninfas.
Eran éstas otros seres maravillosos que poseían un zurrón a modo de bolso y un casco de piel de perro. Quien se ponía las tres cosas podía volar donde quisiera sin ser visto de nadie. Las hijas de Forcis indicaron a Perseo el camino que llevaba a las ninfas y a cambio recobraron el ojo y el diente. En la mansión de las ninfas, el joven encontró y cogió lo que deseaba; se echó la mochila a la espalda y se cubrió la cabeza con el casco. Además, Hermes le dio una hoz de bronce, y así pertrechado emprendió el vuelo hacia el océano donde moraban las Gorgonas, otras tres hijas de Forcis.


Sólo la tercera, llamada Medusa, era mortal; por eso había sido enviado Perseo a cortarle la cabeza. Encontró a las monstruosas criaturas dormidas. Sus cabezas estaban recubiertas de escamas de dragón, serpientes eran los cabellos; tenían grandes colmillos  y una gran cola con la que se arrastraba y lo peor era que quien la miraba quedaba al momento convertido en piedra; pero Perseo lo sabía, por lo que se colocó ante las durmientes con el rostro ladeado, captando su triple imagen en su brillante escudo de bronce.

Así descubrió a la Gorgona Medusa y, guiado por la mano de Atenea, pudo cercenar sin riesgo la cabeza del dormido monstruo. 

No bien lo hubo realizado, salieron del tronco un alado corcel, Pegaso, y un gigante, Crisaor, criatura ambos de Poseidón. Perseo, guardándose la cabeza de Medusa en la mochila, se alejó andando de espaldas, tal como había entrado. Entretanto, las hermanas de Medusa se habían levantado del lecho. Al ver el tronco de su hermana muerta, emprendieron el vuelo en persecución del asesino; pero a éste le ocultaba el casco de las ninfas, por lo que las Gorgonas no pudieron descubrirle en parte alguna. 





Mientras, los vientos, tras apoderarse de Perseo, lo lanzaban de un lado a otro, como si fuese una nube. Cuando se hallaba flotando encima de los desiertos arenosos de Libia, gotas de sangre de la cabeza de Medusa empezaron a caer sobre la Tierra, gotas que ésta sorbió y vivificó, convirtiéndolas en abigarradas serpientes. Es desde entonces que en aquellas regiones existen tantas víboras ponzoñosas.



Perseo siguió volando en dirección a poniente, hasta posarse al fin en el reino de Atlante, deseoso de un breve descanso. Atlante cuidaba, con la ayuda de un fornido dragón, un vergel lleno de frutos de oro. En vano le pidió hospitalidad el vencedor de la Gorgona; temiendo por sus áureos tesoros, el monarca le arrojó sin piedad de su palacio. Indignado, Perseo le dijo:
—Ya que nada quieres concederme, siquiera acepta de mí un obsequio. —Y extrajo la cabeza de Medusa de su saco y desviando de ella la mirada, se la ofreció al rey Atlante.

Al instante, éste, con su enorme corpulencia, quedó convertido en piedra, en una montaña; barba y cabellos se transformaron en bosques; los hombros, manos y huesos, en escarpadas rocas, mientras la cabeza se elevaba hasta las nubes, transformada en elevada cumbre.


Perseo voló de nuevo lanzándose nuevamente al espacio. En el curso de su vuelo llegó a la costa de Etiopía, donde reinaba Cefeo. Vio allí a una doncella atada a un escollo que emergía del mar. De no haber sido porque una ligera brisa agitaba su cabellera y porque las lágrimas brotaban de sus ojos, la habría tomado por una estatua de mármol. Hasta tal extremo le impresionó su belleza, que casi se olvidó de mover las alas en el seno de los aires.

Dime, hermosa joven —exclamó, dirigiéndose a ella—, ¿cómo estás aquí aherrojada, tú que merecerías un trato tan distinto? ¡Dime el nombre de tu país, el tuyo propio!

La prisionera permanecía callada y vergonzosa; no se atrevía a dirigirse al extranjero y se habría cubierto el rostro con las manos de haber podido moverse. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y al fin, para que el forastero no pudiera creer que tenía que ocultar una culpa propia, le respondió:


Yo soy hija de Cefeo rey de Etiopía, y me llamo Andrómeda. Mi madre se había jactado ante las hijas de Nereo, las ninfas del mar, de ser más hermosa que todas ellas. Por eso se irritaron las nereidas, y su amigo, el dios del océano, envió a la tierra una inundación y un monstruo marino que todo lo devoraba. Un oráculo nos prometió que seríamos librados de aquella plaga si yo, la hija de la reina, era arrojada al mar para que fuera pasto del monstruo. El pueblo exigió de mi padre que se acogiese a aquel único recurso, y la desesperación le forzó a atarme aquí.


Apenas había pronunciado las últimas palabras, cuando se encabritaron las olas y del fondo del mar emergió un monstruo que abarcaba con su vasto pecho toda la superficie del agua. La muchacha dejó oír un fuerte gemido, al tiempo que se acercaban presurosos sus padres, ambos desconsolados, y atormentada la madre por la conciencia de su culpa. Abrazaron a su hija encadenada, pero no le aportaron más alivio que sus lágrimas y lamentos.

Intervino entonces el extranjero:

Tiempo tendréis para lamentaros; para salvar a vuestra hija sólo tenéis un instante, yo soy Perseo, vástago de Zeus y de Dánae, yo vencí a Meduso. Incluso si la doncella fuese libre y pudiese elegir, no sería yo menospreciable como yerno vuestro. Ahora la solicito y me brindo a salvarla. ¿Aceptáis mis condiciones?

¿Quién habría vacilado en tales circunstancias? Los alborozados padres le prometieron no sólo la hija, sino su propio reino como dote.

Mientras se hallaban en estos tratos, el monstruo se había acercado, hendiendo rápidamente las olas como un barco de proa afilada, y no distaba sino un tiro de honda de la peña. De pronto, rechazando la tierra con el pie, el joven se remontó hasta las nubes. La bestia vio en la superficie del mar la sombra del hombre, y mientras se lanzaba furiosa contra ella tomándola por un enemigo que pretendía arrebatarle la presa, Perseo se precipitaba desde las alturas con la rapidez de un águila y, cayendo sobre el dorso del animal, hundía hasta el puño en el cuerpo del monstruo, por debajo de la cabeza, la espada con que diera muerte a Medusa. 



Apenas la hubo sacado, empezó el escamoso ser a saltar por los aires y a zambullirse de nuevo bajo las olas, agitándose furiosamente en todas direcciones cual jabalí acosado por los perros. Perseo le asestaba herida tras herida, hasta que comenzó a fluir de sus fauces un oscuro torrente de sangre mezclada con agua de mar; pronto quedaron empapadas las alas de pegaso y Perseo no se atrevió a seguir confiándose de sus chorreantes plumas. Por fortuna vio una peña cuya cima sobresalía del agua y apoyándose contra aquel muro, con la diestra hundió por tres, por cuatro veces, su hierro en el vientre del monstruo. El mar arrastró el repugnante cadáver, que muy pronto hubo desaparecido entre las olas. Perseo liberando a Andrómeda del monstruo marino.

Entretanto, Perseo se había aproximado a la tierra y, escalando la peña, liberó de sus ligaduras a la princesa, que le saludaba con mirada de gratitud y de amor. La llevó junto a sus venturosos padres y el áureo palacio lo recibió en calidad de novio.




Humeaban todavía las viandas del banquete nupcial, y las horas, libres de cuidados, transcurrían veloces para padre y madre, para el novio y la salvada doncella, cuando de pronto las antesalas del real alcázar se llenaron de un sordo y estrepitoso tumulto. Fineo, hermano del rey Cefeo, que antaño solicitara la mano de su sobrina, pero que la había abandonado en su terrible cuita, se aproximaba al frente de una banda de guerreros para hacer valer sus pretensiones.



Entró en la sala blandiendo la lanza e increpó de este modo al asombrado Perseo:

Heme aquí; vengo a tomar venganza del robo de mi esposa. ¡Ni tus alas ni tu padre Zeus te librarán de mí! 

Y dicho esto, se dispuso a arrojar el venablo; pero Cefeo, el rey, se levantó de la mesa:

Enfurecido hermano —exclamó--, ¿qué pensamiento te empuja a esta fechoría? No es Perseo quien te roba la mujer amada. Ella te fue arrebatada cuando la entregamos a la muerte; cuando, viéndola encadenada, no le prestaste tu ayuda ni como tío ni como pretendiente. ¿Por qué no te has ganado tú el premio rescatándola de la roca donde estaba prisionera? ¡Así pues, deja por lo menos en paz a quien la ha merecido y que ha sido el consuelo de mi vejez al salvar a mi hija!

Fineo no le contestó; sólo miraba alternativamente, con ojos enfurecidos, a su hermano y a su rival, como calculando cuál de los dos debía ser su primera víctima. Al fin, tras breve vacilación, con toda la fuerza que la ira le prestaba, arrojó la lanza contra Perseo, pero erró el blanco y el arma quedó colgando del almohadón. Se levantó entonces Perseo, y lanzó su venablo en dirección a la puerta por la que entrara Fineo, y habría perforado el pecho de su mortal enemigo de no haberse refugiado éste de un salto detrás del altar doméstico. Pero el proyectil hirió en la frente a uno de sus seguidores, y todo el tropel de los intrusos se lanzó a la palestra contra los huéspedes que así veían interrumpido su festín. El combate fue largo y sangriento, pero los agresores eran los más numerosos. Al fin Perseo, a cuyo lado habían buscado en vano refugio sus suegros y la novia, quedó rodeado por Fineo y sus millares de seguidores.




De todas partes volaban las flechas, cual granizo en la tempestad. Perseo se había colocado de espaldas contra un pilar para no ser cogido por sorpresa. Dando la cara al ejército de los adversarios, rechazaba sus acometidas, derribándolos a sus pies uno tras otro.

Sólo cuando vio que el valor sucumbiría ante el número, decidió acudir al último e infalible recurso de que disponía.

¡Puesto que me obligáis —exclamó—, me valdré de la ayuda de mi antiguo amigo! ¡Que vuelvan el rostro todos los que son aún amigos míos! 


Y diciendo estas palabras, del bolso que llevaba siempre colgando al costado sacó la cabeza de la Gorgona Medusa y la presentó al primer adversario que le acometía. 

Busca a otros a quienes puedas conmover con tus milagros!—le gritó éste despectivamente. Pero en el momento que se disponía a levantar la mano para arrojar su venablo, quedó petrificado en aquella misma postura, como una estatua y lo mismo les fue ocurriendo a los que le seguían, hasta que al fin no quedaban ya más que doscientos. Entonces Perseo, levantando al aire la cabeza de Medusa para que todos pudiesen verla, convirtió de una vez a los doscientos en rígidas piedras.

Sólo entonces deploró Fineo haber provocado aquella injusta pelea. A su derecha y a su izquierda no veía sino estatuas de piedra en las actitudes más diversas. Bien llama a sus amigos por sus nombres; toca, incrédulo, los cuerpos de los que tiene más cerca: todo es mármol. Le sobrecoge el espanto y su fiereza se convierte en humilde súplica:

Déjame solamente la vida, tuyos sean el reino y la novia! —exclama, desviando el acobardado rostro. 

Pero Perseo, amargado por la muerte de sus nuevos amigos, no conoce la piedad:

Traidor —le increpa, airado—, voy a hacer de ti un recuerdo perdurable para toda la eternidad en la casa de mi suegro!
Y por más que Fineo tratara de esquivar la visión, pronto sus ojos hubieron de fijarse en la espantosa imagen: su cuello quedó yerto, su húmeda mirada petrificada y así quedó con mueca horrible, bajas las manos, en actitud de esclavo humillado.

Vencidos todos los obstáculos, Perseo acompañó a su casa a su amada Andrómeda. Tenía ante sí largos y felices días, y volvió a encontrar a su madre Dánae. Sin embargo, el Destino debía cumplirse en su abuelo Acrisio, quien, temeroso de la sentencia del oráculo, se había refugiado cerca de un rey de la tierra de los pelasgos. Estaba allí tomando parte en unos juegos atléticos, cuando acertó a llegar Perseo, que se dirigía a Argos, deseoso de saludar a su abuelo. Un desgraciado disparo del disco salido de manos del nieto vino a hacer blanco en el anciano, sin intención por parte de aquél, que no había reconocido a su abuelo. Poco tardó en saber lo que había hecho. Profundamente afligido, dio sepultura a Acrisio fuera de la ciudad y renunció al reino que por muerte de su abuelo le pertenecía. El Destino dejó ya de perseguirle por más tiempo: Andrómeda le dio muchos y magníficos hijos, en quienes perduró la fama del padre.



LA LEYENDA DEL REY MIDAS

Midas era el rey de Macedonia. Fue el primer hombre en plantar un jardín de rosas.

Le gustaba disfrutar de la buena vida, las fiestas, escuchar música y pasarla bien.

Una mañana un jardinero le dijo: -Hay un Sátiro completamente borracho tirado en tu rosedal.

-¡Traedlo inmediatamente ante mi presencia! Dijo Midas.

El sátiro resultó ser Silenio, que había viajado con Dionisio a la India y tenía muchas e interesantes anécdotas para relatar. Midas se entretuvo cinco días escuchando atentamente las historias de ese continente lejano, sus ciudades, sus barcos y sus gentes.




Al terminar, sin mediar ningún castigo por aplastar sus rosas, lo envió sano y salvo con Dionisio.

Dionisio, agradecido le dijo a Midas: -¡Pídeme lo que quieras y te lo concederé! Midas, eligió tener el poder de convertir en oro todo lo que tocase y así le fue concedido.

Al principio resultaba muy divertido hacer rosas o pájaros de oro. Pero por error convirtió a su propia hija en estatua de oro.

Y más tarde la desesperación se apoderó de él cuando tenía hambre y su comida se convertía en oro o cuando tenía sed y el vino se convertía en oro.

Llorando le pidió ayuda a Dionisio: -¡Por favor, Dionisio, libérame de este castigo.

Mi propia hija se convirtió en una estatua de oro ante mis ojos ,no puedo ni beber ni comer y estoy muriendo de hambre y de sed ¡Ayúdame!

Dionisio se rió a carcajadas y lo mandó a lavarse las manos para quitarse el toque mágico a un río de Frigia llamado Pactolus, cuyas arenas son todavía doradas. Y le devolvió la vida a su hija.

LAS OREJAS DEL REY MIDAS

La diosa Atenea había inventado la flauta doble. Cuando la soplaba conseguía arrancarle hermosas melodías.

Una noche, en que Atenea estaba tocando la flauta en un banquete, Hera y Afrodita comenzaron a reírse en secreto.

Atenea se preguntaba porqué. Entonces se sentó ala orilla de un arroyo a tocar y cuando vio su aspecto ridículo, con las mejillas hinchadas mientras soplaba la flauta, la arrojó al arroyo con una maldición para el que la encontrara.

Tiempo después, Marsias encontró la flauta en el arroyo y consiguió arrancarle deliciosas melodías. Tanto que decidió competir con el dios Apolo.

Apolo llamo a las musas y al rey Midas que tanto apreciaban la música para que actuaran como jurado. Marsias tocaría la flauta y Apolo la lira.

Los dos tocaron sus instrumentos pero el jurado no pudo ponerse de acuerdo porque ambos dieron un espléndido concierto.

Entonces Apolo dijo: Te reto a que toques tu instrumento al revés como lo hago yo. Apolo dio vuelta la lira y siguió tocando.

-¡Yo no puedo hacer eso! Replicó Marsias.

-Entonces Apolo gana, dijeron las Musas.

-Eso es muy injusto, dijo el rey Midas-Su instrumento no se lo permite.

Como las musas eran nueve, Y Midas solo uno, ganaron ellas.


Apolo dijo a Marsias:
-¡Tu debes morir, por retar al mismo dios de la música a una competencia de este tipo! sin más se levantó y lo mató.

Después llamó burro a Midas y tocó sus orejas que comenzaron a crecer al instante, convirtiéndose en orejas de burro.

El Rey Midas avergonzado, corrió a cubrirse las orejas con un gorro frigio. No quería que nadie se enterase de su desgracia.

Pero su peluquero no tuvo más remedio que enterarse cuando lo fue a visitar para que le cortase el cabello. Midas lo amenazó de muerte si le contaba a una criatura viviente el secreto de sus orejas.

El secreto quemaba en el pecho del peluquero, necesitaba repetirlo desesperadamente.

Entonces viendo que no había nadie a su alrededor, cavó un hoyo a la vera del río Pactolus, se agachó y susurró dentro del hoyo: -El Rey Midas tiene orejas de burro.

Tapó el hoyo con arena, asegurándose que su secreto estaba bien enterrado y se fue aliviado.

Pero una caña comenzó a brotar y les susurró a las otras hierbas:

-El rey Midas tiene orejas de burro. Pronto los pájaros escucharon la noticia.

Justamente pasaba por el lugar un hombre llamado Melampo, que comprendía el lenguaje de los pájaros. Melampo le contó a sus amigos y luego fue delante del rey Midas y le dijo:

-¡Quítate el sombrero, quiero ver tus orejas de burro!

El rey Midas, sorprendido, primero le cortó la cabeza al peluquero y más tarde se mató a si mismo por la vergüenza.